Sunday, November 29, 2009

Noviembre

El último mes ha pasado volando, sin tiempo de ver a los míos he aprendido a valorar los fines de semana y que cada minuto cuenta, porque todo tiene valor. Sólo hay que esperar el momento de darse cuenta de ello para valorarlo. ¿Qué puedo decir de mi trabajo? Cada vez que me preguntan asoma a mis labios la misma frase: “he tenido mucha suerte, rodeado de tan buen ambiente, custodiado por un compañero que está disponible para solventar las dudas a cualquiera“.

Cerré octubre un año más viejo. Tachando con una cruz en el mapa el camino que conduce a Cofrentes. Echando alcohol a las heridas del corazón… Empecé noviembre con una mezcla de nervios y emoción, con buenas planificaciones. Con este panorama es fácil no acordarse de que hace un año por estas fechas salía de casa con el pesar de que cada minuto bien valía una despedida.

Los días pasan rápido cuando te diviertes con lo que haces, y en esas estamos, que cuando regreso a casa al salir de la oficina camino sin más compañía que la mía. Disfrutando de las vistas que Valencia ofrece a ciudadanos y turistas si saben donde tienen que buscarlas.

Noviembre es otoño, aunque no lo parezca. Y es frío, aunque no se deje ver por Valencia… Sólo un domingo cualquiera, de regreso de la estación del norte cargado de tristeza, el otoño se deja ver por una calle estrecha, solitaria y melancólica como yo, cuando descubre a mis pasos un manto de hojas doradas que descansan su silencio en tierra.

Alboraya ha dado a luz un hijo primerizo en diseño artístico digital, y en tan buena compañía, entendímos, en la medida en que pudimos, qué de madre y qué de hijo, qué de imaginación y qué de realidad.

Este año noviembre se ha puesto malito, y en una habitación de hospital se apagó la voz que hacía las delicias en casa de alguien muy especial con sus canciones. Y este que sabe del silencio que queda por los pasillos, manda besos de fines de semana a través de sus palabras.

Noviembre es, irremediablemente, el mes de los ancianos. Mientras espero buenas noticias de Patricia mis padres se acercan cada día al hospital a ver al padre de un amigo, me cuentan que poco a poco se apaga. Como la abuelita de Auxi, aunque siga presentando batalla, tal vez hasta hacer cuatro generaciones en torno a la misma mesa.

Si algo me han enseñado los años es que la palabra es algo perfectamente serio, gratuito a los tiempos que corre. No acostumbro a dar mi palabra, harto como acabé de escuchar promesas que cayeron en saco roto, quizá por eso nunca terminé de quitarme el cartel de cerrado por precaución.

Noviembre ha sido un mes de tristeza e ilusiones para los míos casi por igual. Una llamada que anunciara que muy pronto seremos uno más a la mesa de los repudiados sólo pudo que transmitirnos su alegría. Porque sé que serán unos padres maravillosos. Porque harán de ese bebé una personita feliz, con unos valores y un gran corazón.

Hay un par de corazones que viven a costa de hacerse el boca a boca. No es que eso sea motivo de alegría. Pero alegra saber que se tienen el uno al otro. Que se complementan y se admiran. Con él mantuve una conversación más propia de un cara a cara a través de la tecnología. Con ella… Con ella todavía le debo unas palabras de agradecimiento, pero enmudezco cada vez que la leo.

Ayer fue una noche especial. Este fin de semana ha sido sólo para los dos. La noche pasada fue de las que más me gusta. Empezó con un paseo por la Valencia que me recuerda a mi iaio, esta vez por la calle Serranos, y un hombre tan propio de esta tierra que no es de extrañar que vociferara en un perfecto incorrecto valenciano, tan de pueblo, a las puertas del casal fallero. Nos cerraron las puertas del teatro en los morros y colgaron en nuestras esperanzas el cartel de aforo completo. Sin más remedio que el de buscar otro entretenimiento nos perdimos por las calles que hablan del pasado y nos detuvimos a ver los gigantes y cabezudos en la casa de las rocas. No es de extrañar que a un melancólico como yo le vinieran al recuerdo aquellas procesiones de gigantes y cabezudos de mi Segorbe adoptivo. Me recordaba a hombros de mi padre (el más fuerte del mundo) llorando por miedo, no a los gigantes como pensaba Lena, sino a los cabezudos, no fueran a arrearme en el culo como los de Alustante.

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Paseo por unas calles cargadas de vida a cualquier hora del día. Con juegos malabares. Con gentes variopintas, acaso todos seamos algo variopintos… Nos detuvimos en el colegio de las bellas artes a escuchar las últimas notas de una sinfonía, intercambiamos unas sonrisas con una nena que no le habría importado dejar el calor de los brazos de su madre por venirse a echar unas sonrisotas con nosotros. Unas tapas en uno de esos bares que parece no le hayan pasado los años y otra vez a la calle. De regreso a casa volvimos a disfrutar de la fachada del palacio del Marqués de Dos Aguas. Conversamos como cada vez que pasamos por allí de mi iaia y su pasado. Regresamos al barrio por la plaza del patriarca. La antigua universidad, con motivo de una feria del cava, abría sus puertas una noche cualquiera y entramos a disfrutar de la magia que envuelve aquel claustro. Cada vez que lo veo, imagino a un puñado de estudiantes rompiendo el silencio como imagino sucediera en otros tiempos.
Casi estábamos a punto de cruzar por la glorieta cuando Lena recordó que los sábados abre sus puertas la fundación Bancaja para mostrar al público las obras de un genial Sorolla. Esta vez, creo, lo disfruté mucho más que cuando lo vimos hace medio año. No es sólo que hayan traído obras nuevas. Es por la genialidad del pintor, por sus luces y sus sombras, por la expresión de aquellos niños jugando en la playa, tan jóvenes y a sus ciento un años tan viejos. Por el idilio en el mar, o acaso la pobre herencia. Es Sorolla inmortal.

Sellamos el final de la noche con un beso, tras una conversación de esas que entre semana hecho de menos porque no hay lugar a abrazos.

Esta mañana amaneció nublado, algo más frío, ¿será que por fin llegó el otoño a punto de empezar el invierno? Alejandro está en casa, esta noche duerme aquí, mientras con Germán, con Lena, con mi cuñado y mi hermana, con medio Alustante… escuchemos otra vez a Sabina en concierto.

Posted by magras in 17:33:56 | Permalink | Comments (10)

Monday, September 21, 2009

Un finde cualquiera el paraíso

Un fin de semana cualquiera cogímos el coche, cargado con ropa de abrigo y muchas ilusiones. Alustante bien vale mi sonrisa.

Esta vez sonaba Fito. Esta vez el cielo se marcó el detalle y no llovió por el camino. Esta vez Alustante nos recibió a medio camino entre la soledad que hace el frío y el recuerdo de un lleno absoluto allá por agosto. Esta vez sí, me acordé de Ana repitiéndose en mi recuerdo aquella frase que quedó grabada para siempre. Y es que esta vez Alustante olía a pueblo. A pueblo y leña, y frío y monte. Y soledades que curan hablar cuando llegas a las tiendas y compras, porque Alustante, desde hace algunos años, ha perdido en bares, pero ha vuelto a recuperar el placer que te da escoger la tienda donde comprar las papas, el queso o el jamón.

Esta vez sí, escuché la berrea. Y volvimos a ver ciervos, con lo que le gusta a Lena. Y volvimos a pasear por las montañas. Yo mirando al suelo a ver si algún rebollón tempranero asomaba. Lena abriendo su olfato, agudizando su oído, fijando su mirada en las pinadas, dejando escapar algún suspiro y señalándome cuando descubría en lo alto algún águila que volaba ajena a un cielo gris.

Por un trabajo no terminado a tiempo el jueves me acosté pasadas las seis de la mañana. Y es por eso que la noche del viernes a las once estábamos en cama. No fue hasta el sábado que subimos al bar y echamos un trago en Hontanar. Y dada la poca afluencia de los míos por estas fechas volvímos pronto a casa, no sin antes dar un último paseo. Contemplar las estrellas desde la oscuridad de las eras, visitar callejas sin vida, cerradas por el frío y contarle mis recuerdos… Despertar en Alustante con los mejores besos. Asomarse unos minutos a ver el molino allá a lo lejos. Observar desde lo alto un campo de girasoles cabizbajos. Huertos recién labrados. Con sus eras, tan faltas de trigo. Escuchar el lenguaje de unos chopos allá a los lejos, bajo un cielo de llanto fácil, se me antoja el paraíso.

Un domingo cualquiera cogímos el coche, dejando en mi tierra algunos besos y abrazos por falta de espacio en el maletero. Nos despedimos de esas piedras, de esas calles y de la poca gente que quedaba y marchamos indecisos de volver por Cella o por Santa Eulalia. Y en el cruce de Bronchales dimos un giro a los planes. Torciendo a la derecha, subiendo el pueblo, camino de Nogueras, que es bonita la carretera, con sus curvas y sus cuestas que conducen a Albicirrín. Con las ventanillas a medio bajar, no fueran a notarse los diez grados que marcaba el termómetro, anduvimos unos kilómetros en silencio, sólo roto por el cantar del río Guadalaviar, que en Valencia pasará a llamarse Turia. Una mirada a las montañas agrietadas bastó para detenernos a dar un paseo.

Tramacastilla es pequeño, muy pequeño. Casi podría decirse que no tiene vida, de no ser claro porque vimos coches y perros esperando en la puerta de un bar que estaba abierto. Y porque su gente es amable con el viajero. Tramacastilla tiene un anciano, y un hijo de éste. Y ambos  se sientan juntos a ver la vida pasar en la parada de autobuses. Tiene además un señor algo más joven que el anciano, de voz muy dulce, que acompaña al viajero unos pasos mientras le cuenta historias divertidas de sus nietos. Y al caminar, de nuevo solos, Lena me mira y sabe que mi sonrisa no es sino porque acabo de conversar con ellos. No habrá placeres tan baratos y que me llenen tanto.

Y por fin Albarracín, que tan bien nos conocemos. Resulta gracioso ver turistas escandalizados al ver una casa pintada de azul como si de una casa andaluza tratara. Lena y yo nos miramos y nos preguntamos si tal vez les viniera bien una explicación de unos atrevidos viajeros que hagan las veces de guía. Nos decantamos por seguir nuestro paseo sin interrumpir sus protestas por un Albarracín con resaca de fiestas. Eso al menos deduje de su plaza de toros, tan parecida a la que hace tiempo montaban en mi pueblo.

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El regreso a casa lo hicimos sin detenernos en mi Segorbe. Sin parar en Sagunto a visitar las piedras que esconden a Mozart. Sin ver a más familia que nuestros padres. Ducha rápida y a la estación del Norte. Un beso de despedida y un brazo que se agita.

Dejo esta canción, me faltó escucharla.

Posted by magras in 14:55:12 | Permalink | Comments (9)

Thursday, September 10, 2009

Esto ya está escrito

Ayer volví al lugar donde habitan mis recuerdos de infancia.

Sé que me repito, pero no puedo dejar de escribir de lo que siento.

Septiembre acostumbra a llevarse los recuerdos de unas fiestas cansadas y disolutas casi por igual. Sus historias, nuestras historias, andan en boca de todos durante algún tiempo. No acostumbran a alargarse más de un año, salvo alguna gesta que todavía no haya sido inventada. Este año el premio se lo llevó la charanga, saliéndose en una curva a escasos kilómetros de Alustante. Por fortuna no fue más que el susto y la comidillida de los jugadores de guiñote cuando vieron aparecer a la grúa cargando con lo que quedaba de aquel pobre Focus. Que tenga arreglo lo desconozco. Peor estaba el coche (y tuvo arreglo) de cierto amigo de cuyo rostro no logro acordarme cuando, en una curva con gravilla, contraperaltada y mal señalizada, nos salimos dando una vuelta de campana. Aquel día fuímos víctimas de los rumores de los ancianos jugadores del guiñote. Llegaron a contar a cuatro ocupantes (uno debieron darlo por muerto al ver que llegábamos sólo tres con algún rasguño, pero nada serio), y el conductor, contaban, borracho perdido a las doce del medio día. Vaya usted a saber si tomó algo más duro…

Septiembre es, al mismo tiempo, tradicional fiesta taurina, ¡de interés turístico internacional, oiga!. Septiembre es Segorbe, Segorbe es septiembre, y en ellos van mis recuerdos. Tal vez podría aventurarme a encontrar aparcamiento por el centro. Pero acostumbro a dejarlo enfrente de la casa que me vio crecer. Como si todavía mi iaio, asomándose a la ventana como acostumbraba a hacer, pudiera verme salir de allí con esa sonrisa que sólo provocan los recuerdos. Tal vez, digo, pudiera aparcarlo por el centro. En cuyo caso me perdería la oportunidad de adentrarme por sus entrañas, dando rienda suelta a mis recuerdos. Creo que conservo un recuerdo por cada calle, a veces, incluso, dos. Ha cambiado desde que me fui. Aquellas explanadas donde jugaba con mis amigos de infancia son ahora fincas, fincas y fuentes con bancos, y flores y árboles. Imagino que en otro tiempo formen también parte del paisaje niños y ancianos.

No acostumbro a caminar solo. Esta vez le tocó a Fernando sufrir mis sonrisas, mis historias y mis lamentos. Mucho debe quererme, o tal vez había algo de cierto en su interés, cuando me preguntaba, caminando a paso ligero, por aquellas historias que repito cuando viajo a mi infancia. Nos pusimos en el estrecho, donde acostumbro a verlo. Tuve suerte y nadie se puso a mi lado, lo ví solo, muy pegado a una escalera. Fernando, algo más cauto, se alejó unos metros. Los vio desde la curva, me cuenta que muy atento. ¿Cómo estuvo la entrada? Fue casi perfecta. Los caballistas los cuadraron bien. Lástima que un cabestro quedara algo rezagado del resto, obligando a tres caballistas a acompañarlo hasta la plaza.

Por si tenéis interés en verlo, aquí os lo dejo. (si utilizas firefox debes instalarte un plugin, recomiendo ver el vídeo en internet explorer).

Posted by magras in 09:47:25 | Permalink | Comments (4)