Saturday, November 21, 2009

Las 9 y 10

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Llego tarde a mi cita con el blog. Escribo escuchando Sabina. Escribo casi por obligación. Hastío de sala de espera. Otro día más sin saber de la inspiración.

Vengo de escuchar a mi hermana y me pregunto si tal vez sea por vez primera. Mientras acariciaba con sus dedos el piano entendía que la casa quedó vacía el día que la habitación del fondo guardó silencio. Aquel piano negro y vertical me levantó a mi compañera de juegos de infancia. Recuerdo más de una escena que quisiera borrar y, si pudiera volver a aquella infancia, yo también participaría de los piropos que al terminar su recital le hacían.

Mi hermana se hizo mayor y la cola del piano se hizo más grande. Las clases en Valencia y Godella me permitían hacer amigos de fin de semana. Si volviera a sonar aquellas notas en la habitación que queda al lado de la mía, volvería a levantarme y acercarme a mi puerta, y esta vez sí, cerraría los ojos, escucharía en silencio y al terminar, me asomaríapara pedirle que me dedicara alguna nota.

He olvidado aquellas canciones que tanto escuché. Por no recordar no recuerdo cual era aquella canción que tanto debía gustar a Mozart que al llegar a no sé qué nota le daba por aullar y cuando mi hermana terminaba de tocar se marchaba como si nunca hubiera sonado.

El éxito de mi hermana con el piano es compartido. Es el éxito del sacrificio de mis padres, con su dedicación a hacer viajes, aguantando los nervios y hasta apretándose el cinturón con esos gigantes negros, por todo lo que aguantaban cada vez que mi hermana tenía que pasar una prueba de acceso.

El éxito de mi hermana está irremediablemente unido a la fiera, Matilde Salvador, a Carmen Calomarde, a Jorge y a tantos otros pianistas anónimos que le proporcionaron un poco de su don para que lo hiciera suyo.

La clave siempre fue su templanza. En eso siempre quise parecerme a ella. Nunca le ha temblado la mano en el momento más inoportuno, siempre ha tenido la mente fría y el puño firme, siempre con buena letra y un talento para el arte.

Hoy entendí lo que unos acordes pueden hacerte sentir. Igual que el poeta escribe por necesidad, y sus sentimientos se transmiten en sus palabras, las notas hablan del sentido del humor de su compositor. Pero eso también es un imposible para mis habilidades.

Posted by magras at 21:18:41 | Permalink | Comments (4)

Monday, November 2, 2009

Inventario

Llevaba tiempo sin escribir y tal vez haciendo memoria me deje cosas por contar, pero quería poner en orden mi cabeza antes de empezar con una nueva etapa.

Se presentó el otoño enfurecido hasta la locura, y aquejado como anda de eyaculación precoz, no vino para quedarse más que un par de días. Luego volvió la calma, y con ella el calor veraniego. Y en esas estamos, que una noche en Alicante duermes destapado, de corto y con la ventana abierta…

Octubre es un mes de cumpleaños, de felicitaciones de esas que te dejan sin palabras y al borde de la lágrima. De regalos excesivos. De recuerdos dolorosos que no se borran con los años y hasta de despedidas, no tan amargas, porque no hacen tanto daño. De fines de semana bañados en ginebra. De nervios por mi nueva vida, regalo de bienvenida a los 28. De pasar todos esos momentos con la mejor compañía.

Este es el post que se aprovecha de mis palabras y da las gracias a quien se lo deba (es curioso como unos acordes de guitarra te pueden hacer recordar). Porque enmudezco en los momentos serios. Este es el post de quien se emborracha con lo que sea, y alza la copa, y brinda y maldice y lamenta, en el nombre del padre, y del amigo, y del amante.  Es el post de los nacidos para morder el polvo, que sabe bien mientras lo comamos a la vez. Y apuesto lo que sea que de esta mi hermano mayor no se acuerda.

Esta es mi respuesta a las protestas de Fernando. Nos queremos demasiado como para no buscarnos en cada hora muerta, aunque lo deje tirado en la cuneta. Aunque me lea por compromiso.  De no ser por su presencia tal vez hubiera tirado la toalla la otra noche, cuando nos costó algo más de una hora salir de Valencia. Y debo decir que valió la pena. Aquella noche rompimos con la rutina y, dejando a un lado el cansancio, disfruté junto Lena de ése rato por la noche alicantina… Entenderán pues que no me vieran por el pueblo.

En este post cabe un palacio, con su manitas en la cocina y su novia que es mi amiga. Nos abrieron sus puertas hasta el punto que me vinieron buenos recuerdos…  Los vimos tan felices juntos que desde entonces, a menudo, imagino y sueño y pienso que no se puede soñar despierto.

Hoy charlé con mi hermana por teléfono como hacía tiempo. Hoy volví a trabajar, esta vez en tono más serio. Me ilusiona este proyecto. He vuelto a la rutina después de un largo descanso que ya se me antojaba eterno.

No sé con qué frecuencia escribiré en adelante. No sé si tendré cosas interesantes que contar o si tal vez, imitando a alguien a quien respeto, aproveche este espacio para hablar de cosas de informática, que sólo interesan a informáticos, y no a todos, por supuesto. Pero sí que adelanto fecha  (17/11/09) para escribir de nuevo. No sé, tal vez tenga que comentar algo del nuevo disco de Sabina, que ya debe estar en el horno o haciéndose a fuego muy lento. O de como se comporta su voz en el concierto.

Posted by magras at 22:35:34 | Permalink | Comments (12)

Monday, September 21, 2009

Un finde cualquiera el paraíso

Un fin de semana cualquiera cogímos el coche, cargado con ropa de abrigo y muchas ilusiones. Alustante bien vale mi sonrisa.

Esta vez sonaba Fito. Esta vez el cielo se marcó el detalle y no llovió por el camino. Esta vez Alustante nos recibió a medio camino entre la soledad que hace el frío y el recuerdo de un lleno absoluto allá por agosto. Esta vez sí, me acordé de Ana repitiéndose en mi recuerdo aquella frase que quedó grabada para siempre. Y es que esta vez Alustante olía a pueblo. A pueblo y leña, y frío y monte. Y soledades que curan hablar cuando llegas a las tiendas y compras, porque Alustante, desde hace algunos años, ha perdido en bares, pero ha vuelto a recuperar el placer que te da escoger la tienda donde comprar las papas, el queso o el jamón.

Esta vez sí, escuché la berrea. Y volvimos a ver ciervos, con lo que le gusta a Lena. Y volvimos a pasear por las montañas. Yo mirando al suelo a ver si algún rebollón tempranero asomaba. Lena abriendo su olfato, agudizando su oído, fijando su mirada en las pinadas, dejando escapar algún suspiro y señalándome cuando descubría en lo alto algún águila que volaba ajena a un cielo gris.

Por un trabajo no terminado a tiempo el jueves me acosté pasadas las seis de la mañana. Y es por eso que la noche del viernes a las once estábamos en cama. No fue hasta el sábado que subimos al bar y echamos un trago en Hontanar. Y dada la poca afluencia de los míos por estas fechas volvímos pronto a casa, no sin antes dar un último paseo. Contemplar las estrellas desde la oscuridad de las eras, visitar callejas sin vida, cerradas por el frío y contarle mis recuerdos… Despertar en Alustante con los mejores besos. Asomarse unos minutos a ver el molino allá a lo lejos. Observar desde lo alto un campo de girasoles cabizbajos. Huertos recién labrados. Con sus eras, tan faltas de trigo. Escuchar el lenguaje de unos chopos allá a los lejos, bajo un cielo de llanto fácil, se me antoja el paraíso.

Un domingo cualquiera cogímos el coche, dejando en mi tierra algunos besos y abrazos por falta de espacio en el maletero. Nos despedimos de esas piedras, de esas calles y de la poca gente que quedaba y marchamos indecisos de volver por Cella o por Santa Eulalia. Y en el cruce de Bronchales dimos un giro a los planes. Torciendo a la derecha, subiendo el pueblo, camino de Nogueras, que es bonita la carretera, con sus curvas y sus cuestas que conducen a Albicirrín. Con las ventanillas a medio bajar, no fueran a notarse los diez grados que marcaba el termómetro, anduvimos unos kilómetros en silencio, sólo roto por el cantar del río Guadalaviar, que en Valencia pasará a llamarse Turia. Una mirada a las montañas agrietadas bastó para detenernos a dar un paseo.

Tramacastilla es pequeño, muy pequeño. Casi podría decirse que no tiene vida, de no ser claro porque vimos coches y perros esperando en la puerta de un bar que estaba abierto. Y porque su gente es amable con el viajero. Tramacastilla tiene un anciano, y un hijo de éste. Y ambos  se sientan juntos a ver la vida pasar en la parada de autobuses. Tiene además un señor algo más joven que el anciano, de voz muy dulce, que acompaña al viajero unos pasos mientras le cuenta historias divertidas de sus nietos. Y al caminar, de nuevo solos, Lena me mira y sabe que mi sonrisa no es sino porque acabo de conversar con ellos. No habrá placeres tan baratos y que me llenen tanto.

Y por fin Albarracín, que tan bien nos conocemos. Resulta gracioso ver turistas escandalizados al ver una casa pintada de azul como si de una casa andaluza tratara. Lena y yo nos miramos y nos preguntamos si tal vez les viniera bien una explicación de unos atrevidos viajeros que hagan las veces de guía. Nos decantamos por seguir nuestro paseo sin interrumpir sus protestas por un Albarracín con resaca de fiestas. Eso al menos deduje de su plaza de toros, tan parecida a la que hace tiempo montaban en mi pueblo.

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El regreso a casa lo hicimos sin detenernos en mi Segorbe. Sin parar en Sagunto a visitar las piedras que esconden a Mozart. Sin ver a más familia que nuestros padres. Ducha rápida y a la estación del Norte. Un beso de despedida y un brazo que se agita.

Dejo esta canción, me faltó escucharla.

Posted by magras at 14:55:12 | Permalink | Comments (9)