Sin pensarlo y hasta sin saberlo hemos recorrido parte de los caminos… El del cid, el del Quijote. Historia y literatura entremezcladas a veces para hacer las delicias del abajo firmante.
El verano que nos ocupa empezó con retraso. El poco tiempo que llevamos ha sido intenso, muy intenso. Repleto de excursiones con un poco de las cosas que me gustan a mi y un poco de las cosas que le gustan a Lena. Hemos combinado paseos por las montañas con visitas a pueblos que conocen su historia. Y la lucen y la guardan con recelo y hasta la hacen suya. Pero la comparten con los visitantes que, si bien deben ser muchos en otras épocas del año, se extrañan al vernos entrar a preguntar en sus oficinas de turismo un día cualquiera.
Con motivo de una escapada a las montañas de Serra escuchamos el silencio que se respira alrededor de un monasterio que optó por cerrar sus puertas al ruido del mundo, y tras sus muros hay un anciano monje que se asoma a hablar con los visitantes y pide que no le tengan vergüenza, porque como dice él, “no tengas vergüenza, que con toda la que sobra en el mundo…”
Disfrutamos de unas vistas en lo alto de una montaña, casi tocábamos el cielo con la punta de los dedos, y el viaje hasta lo alto de aquel lugar, que no ocultaba tormentas, fue divertido a lomos de un 4×4 al que le perdí el respeto a tiempo de disfrutar de sus cuestas.
Recorrimos una parte de las Españas en poco tiempo. Y así, un poco en tierras aragonesas, un poco en las castillas (la vieja y la nueva) fuimos entremezclando ilusiones, recuerdos, caras de asombro y sonrisas que no se podían ocultar cuando, en el monasterio de piedra, una guía joven y educada daba muestras de sus conocimientos a lo largo de unas paredes a trozos derruidas que esconden paz entre sus piedras. Y a través de sus palabras viajamos en el tiempo tratando de visualizar sin cerrar los ojos al abad, sentado bajo unos ventanucos. A un monje confeso entre los cuatro pilares, denunciando públicamente cualquier pecado. Rompiendo el silencio un murmullo que hablaba de no sé qué castigo, no demasiado severo para con su hermano… Vimos las bodegas donde hacían su preciado vino. Nos mostraron la cocina donde se cocinó por vez primera el chocolate en Europa allá por el 1500. Sorprende que al entrar todavía huela a hollín. Respiramos silencio a lo largo de su claustro… ¿Qué pasaría por la mente de aquellos monjes al pasear por el claustro?
Y al terminar la visita, un trozo de paraíso. Las cascadas, con su rítmico cantar, hablaban al viajero. Y estas manos se imaginaban viejitas y arrugadas, descansando en aquellos bancos una tarde cualquiera. Apartado de la monotonía de este mundo de locos todavía por civilizar.
Pernoctar en Alustante no siempre es sinónimo de esperar al sol despierto. A veces, Alustante se refugia entre las montañas, como esperando a su gente. Y la vida gira entorno a un bar que cierra pasada la media noche y los cafeses y los pacharanes son las almas de la fiesta. Me gusta pasear con Lena de noche por las eras. Enseñarle el manto de estrellas que aprecia como hacía yo hace ya tanto tiempo… Es curioso como se pierde la costumbre de valorar lo bueno de las cosas cuando se acostumbra uno a ellas.
Una mañana en compañía de la familia y vuelta a la carretera. Esta vez a Sigüenza, la del doncel, la de la Solateras. Y esta vez sí, vimos el doncel de cerca. Tan cerca que casi podía sentir que su mirada se desviaba por unos segundos de su lectura eterna, y al tiempo que pasaba de página, me miraba de soslayo… Siempre he sentido admiración por los entendidos en la materia, no importa cual fuera. Y no dudé en quitarme el sombrero, abrir bien los ojos y casi sin darme cuenta la boca escuchando a un guía que con acento tirando a uruguayo nos explicaba la gloria y la decadencia de aquella ciudad, de aquellas piedras. Y este eterno aprendiz de brujo ya está pensando en regresar de nuevo. La próxima vez en martes, jueves o sábado para bajar a ver la cripta. Y es que de pasear por esas calles uno nunca se cansa.
Si Lena ya me anticipó que aquella catedral bien podría pasar por fortaleza, miró también con asombro el castillo en lo alto. Una comida en la casa del doncel y un paseo por los medievales seguntinos antes de coger el coche otra vez, carretera y manta, a Medinaceli, que pinta bien la carretera que te lleva directo desde Sigüenza.
Ya me advirtieron que me iba a gustar, casi tanto como todo lo recorrido en tan poco tiempo. Un lugar que conocía por su ducado. Cuanto desconocía de su historia. Nos recibió en lo alto su puerta romana, única en España. Anduvimos por aquellas calles y advertí que en Soria se trabaja de forma distinta a la piedra en las casas… Qué placer daba ver a su gente, anciana como sus piedras, envejecer al tiempo que su tierra. Viendo pasar la vida tranquila en cualquier recodo si es bueno para hacer sombra.
Y de regreso a casa, un paseo, una vez más, por mis recuerdos. Todavía tengo alguna nueva historia que sacar de la chistera cuando camino deprisa hasta la pastelería Mauro, a tomarme unos jericanos.