Llegar a viejo
Este notario no firmará lo que escribo. Pero no es a él a quien se lo debo, sino a quien se lo dedico.
Noventa y seis años. No me pregunten por los meses. Sólo sabría decirles que le sobraron unos cuantos el mismo día que aquella mano, viejita como la suya, fría y sin vida, dejó de acariciarle.
Se fue con los deberes hechos. Marchó dejando un legado, duelo y silencio. Que Pablo lo haya aceptado no es de extrañar. A veces lo habíamos hablado. Con los abuelitos tan mayores, pasados los noventa ambos, es inevitable que se marchen tan de corrido. Que Pablo lo haya aceptado así de bien es un alivio. Porque sí, porque llego tarde y sin palabras con que dar consuelo.
No hace mucho, hablábamos de él. Mi sosias me decía, pensando en voz alta, lo mucho que nos queremos sin necesidad de vernos. Porque encontró su camino lejos del nuestro pero seguimos siendo uno cuando estamos juntos. ¿Que cómo lo conocí? Mejor no sacar trapos sucios en este momento… Lo importante es que la vida me dio la oportunidad de conocerlo. De apreciarlo, llegado el momento. De sentirme su amigo. Uno más en su familia que por ése carácter no para de crecer, adoptándonos a mayores y viejos.
¿Que por qué hago esto? Porque se lo debo. Llegué tarde y a destiempo. No sabía qué decir, él rompió el silencio. Tal vez mis palabras le alivien hasta que su tío, con su cariño y su temperamento, nos hable del duelo, de sus recuerdos con papá, que ya descansa con mamá. Tal vez nos diga mientras en alguna parte, detrás del silencio, cogidos de la mano, vuelvan a sonreír de nuevo.
Noventa y seis años son muchos años. Una barbaridad de años para llevar a cuestas. Descanse en paz, que ya le tocaba.
96 cumplirá mi abuelita pronto.
Y no es fácil ver cómo se apaga… y no es fácil ver cómo está sin estar.
Y que lo digas Solateras, son muchos años… Pero si llego bien yo los firmo.
Auxi! Ya vi que te cortaste el pelo y estás tan guapa como siempre!
Tener a tu iaia cerca, aunque poco a poco se apague, es una bendición.
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