Monday, September 21, 2009

Un finde cualquiera el paraíso

Un fin de semana cualquiera cogímos el coche, cargado con ropa de abrigo y muchas ilusiones. Alustante bien vale mi sonrisa.

Esta vez sonaba Fito. Esta vez el cielo se marcó el detalle y no llovió por el camino. Esta vez Alustante nos recibió a medio camino entre la soledad que hace el frío y el recuerdo de un lleno absoluto allá por agosto. Esta vez sí, me acordé de Ana repitiéndose en mi recuerdo aquella frase que quedó grabada para siempre. Y es que esta vez Alustante olía a pueblo. A pueblo y leña, y frío y monte. Y soledades que curan hablar cuando llegas a las tiendas y compras, porque Alustante, desde hace algunos años, ha perdido en bares, pero ha vuelto a recuperar el placer que te da escoger la tienda donde comprar las papas, el queso o el jamón.

Esta vez sí, escuché la berrea. Y volvimos a ver ciervos, con lo que le gusta a Lena. Y volvimos a pasear por las montañas. Yo mirando al suelo a ver si algún rebollón tempranero asomaba. Lena abriendo su olfato, agudizando su oído, fijando su mirada en las pinadas, dejando escapar algún suspiro y señalándome cuando descubría en lo alto algún águila que volaba ajena a un cielo gris.

Por un trabajo no terminado a tiempo el jueves me acosté pasadas las seis de la mañana. Y es por eso que la noche del viernes a las once estábamos en cama. No fue hasta el sábado que subimos al bar y echamos un trago en Hontanar. Y dada la poca afluencia de los míos por estas fechas volvímos pronto a casa, no sin antes dar un último paseo. Contemplar las estrellas desde la oscuridad de las eras, visitar callejas sin vida, cerradas por el frío y contarle mis recuerdos… Despertar en Alustante con los mejores besos. Asomarse unos minutos a ver el molino allá a lo lejos. Observar desde lo alto un campo de girasoles cabizbajos. Huertos recién labrados. Con sus eras, tan faltas de trigo. Escuchar el lenguaje de unos chopos allá a los lejos, bajo un cielo de llanto fácil, se me antoja el paraíso.

Un domingo cualquiera cogímos el coche, dejando en mi tierra algunos besos y abrazos por falta de espacio en el maletero. Nos despedimos de esas piedras, de esas calles y de la poca gente que quedaba y marchamos indecisos de volver por Cella o por Santa Eulalia. Y en el cruce de Bronchales dimos un giro a los planes. Torciendo a la derecha, subiendo el pueblo, camino de Nogueras, que es bonita la carretera, con sus curvas y sus cuestas que conducen a Albicirrín. Con las ventanillas a medio bajar, no fueran a notarse los diez grados que marcaba el termómetro, anduvimos unos kilómetros en silencio, sólo roto por el cantar del río Guadalaviar, que en Valencia pasará a llamarse Turia. Una mirada a las montañas agrietadas bastó para detenernos a dar un paseo.

Tramacastilla es pequeño, muy pequeño. Casi podría decirse que no tiene vida, de no ser claro porque vimos coches y perros esperando en la puerta de un bar que estaba abierto. Y porque su gente es amable con el viajero. Tramacastilla tiene un anciano, y un hijo de éste. Y ambos  se sientan juntos a ver la vida pasar en la parada de autobuses. Tiene además un señor algo más joven que el anciano, de voz muy dulce, que acompaña al viajero unos pasos mientras le cuenta historias divertidas de sus nietos. Y al caminar, de nuevo solos, Lena me mira y sabe que mi sonrisa no es sino porque acabo de conversar con ellos. No habrá placeres tan baratos y que me llenen tanto.

Y por fin Albarracín, que tan bien nos conocemos. Resulta gracioso ver turistas escandalizados al ver una casa pintada de azul como si de una casa andaluza tratara. Lena y yo nos miramos y nos preguntamos si tal vez les viniera bien una explicación de unos atrevidos viajeros que hagan las veces de guía. Nos decantamos por seguir nuestro paseo sin interrumpir sus protestas por un Albarracín con resaca de fiestas. Eso al menos deduje de su plaza de toros, tan parecida a la que hace tiempo montaban en mi pueblo.

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El regreso a casa lo hicimos sin detenernos en mi Segorbe. Sin parar en Sagunto a visitar las piedras que esconden a Mozart. Sin ver a más familia que nuestros padres. Ducha rápida y a la estación del Norte. Un beso de despedida y un brazo que se agita.

Dejo esta canción, me faltó escucharla.

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Thursday, September 10, 2009

Esto ya está escrito

Ayer volví al lugar donde habitan mis recuerdos de infancia.

Sé que me repito, pero no puedo dejar de escribir de lo que siento.

Septiembre acostumbra a llevarse los recuerdos de unas fiestas cansadas y disolutas casi por igual. Sus historias, nuestras historias, andan en boca de todos durante algún tiempo. No acostumbran a alargarse más de un año, salvo alguna gesta que todavía no haya sido inventada. Este año el premio se lo llevó la charanga, saliéndose en una curva a escasos kilómetros de Alustante. Por fortuna no fue más que el susto y la comidillida de los jugadores de guiñote cuando vieron aparecer a la grúa cargando con lo que quedaba de aquel pobre Focus. Que tenga arreglo lo desconozco. Peor estaba el coche (y tuvo arreglo) de cierto amigo de cuyo rostro no logro acordarme cuando, en una curva con gravilla, contraperaltada y mal señalizada, nos salimos dando una vuelta de campana. Aquel día fuímos víctimas de los rumores de los ancianos jugadores del guiñote. Llegaron a contar a cuatro ocupantes (uno debieron darlo por muerto al ver que llegábamos sólo tres con algún rasguño, pero nada serio), y el conductor, contaban, borracho perdido a las doce del medio día. Vaya usted a saber si tomó algo más duro…

Septiembre es, al mismo tiempo, tradicional fiesta taurina, ¡de interés turístico internacional, oiga!. Septiembre es Segorbe, Segorbe es septiembre, y en ellos van mis recuerdos. Tal vez podría aventurarme a encontrar aparcamiento por el centro. Pero acostumbro a dejarlo enfrente de la casa que me vio crecer. Como si todavía mi iaio, asomándose a la ventana como acostumbraba a hacer, pudiera verme salir de allí con esa sonrisa que sólo provocan los recuerdos. Tal vez, digo, pudiera aparcarlo por el centro. En cuyo caso me perdería la oportunidad de adentrarme por sus entrañas, dando rienda suelta a mis recuerdos. Creo que conservo un recuerdo por cada calle, a veces, incluso, dos. Ha cambiado desde que me fui. Aquellas explanadas donde jugaba con mis amigos de infancia son ahora fincas, fincas y fuentes con bancos, y flores y árboles. Imagino que en otro tiempo formen también parte del paisaje niños y ancianos.

No acostumbro a caminar solo. Esta vez le tocó a Fernando sufrir mis sonrisas, mis historias y mis lamentos. Mucho debe quererme, o tal vez había algo de cierto en su interés, cuando me preguntaba, caminando a paso ligero, por aquellas historias que repito cuando viajo a mi infancia. Nos pusimos en el estrecho, donde acostumbro a verlo. Tuve suerte y nadie se puso a mi lado, lo ví solo, muy pegado a una escalera. Fernando, algo más cauto, se alejó unos metros. Los vio desde la curva, me cuenta que muy atento. ¿Cómo estuvo la entrada? Fue casi perfecta. Los caballistas los cuadraron bien. Lástima que un cabestro quedara algo rezagado del resto, obligando a tres caballistas a acompañarlo hasta la plaza.

Por si tenéis interés en verlo, aquí os lo dejo. (si utilizas firefox debes instalarte un plugin, recomiendo ver el vídeo en internet explorer).

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Saturday, September 5, 2009

Llegar a viejo

Este notario no firmará lo que escribo. Pero no es a él a quien se lo debo, sino a quien se lo dedico.

Noventa y seis años. No me pregunten por los meses. Sólo sabría decirles que le sobraron unos cuantos el mismo día que aquella mano, viejita como la suya, fría y sin vida, dejó de acariciarle.

Se fue con los deberes hechos. Marchó dejando un legado, duelo y silencio. Que Pablo lo haya aceptado no es de extrañar. A veces lo habíamos hablado. Con los abuelitos tan mayores, pasados los noventa ambos, es inevitable que se marchen tan de corrido. Que Pablo lo haya aceptado así de bien es un alivio. Porque sí, porque llego tarde y sin palabras con que dar consuelo.

No hace mucho, hablábamos de él. Mi sosias me decía, pensando en voz alta, lo mucho que nos queremos sin necesidad de vernos. Porque encontró su camino lejos del nuestro pero seguimos siendo uno cuando estamos juntos. ¿Que cómo lo conocí? Mejor no sacar trapos sucios en este momento… Lo importante es que la vida me dio la oportunidad de conocerlo. De apreciarlo, llegado el momento. De sentirme su amigo. Uno más en su familia que por ése carácter no para de crecer, adoptándonos a mayores y viejos.

¿Que por qué hago esto? Porque se lo debo. Llegué tarde y a destiempo. No sabía qué decir, él rompió el silencio. Tal vez mis palabras le alivien hasta que su tío, con su cariño y su temperamento, nos hable del duelo, de sus recuerdos con papá, que ya descansa con mamá. Tal vez nos diga mientras en alguna parte, detrás del silencio, cogidos de la mano, vuelvan a sonreír de nuevo.

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Tuesday, September 1, 2009

El corto verano se acaba

Mis veranos acostumbran a terminar el 31 de agosto. Lo anuncian las campanas en lo alto de una iglesia que quizá este año no se haya sentido coqueta a mis miradas porque apenas tuve tiempo de verla.

Mi verano empezó una noche cualquiera, en la mejor compañía. Celebrábamos sin saberlo un buen año. Lo hacíamos junto a la playa, tomándonos una paella, con un vino blanco de los de Valencia. Paseamos por el puerto y nos comimos a besos. ¿Acaso pueda empezar mejor mi historia?

Le debía a Lena dos semanas de sus vacaciones y las cubrimos lo mejor que pudimos. Una excursión a las montañas de Serra. A las cercanas y alejadas tierras de mi pueblo. Un fin de semana en las playas de Denia y Formentera me descubrieron que no pinta mal la playa. Cinco días recorriendo las playas de Ibiza y Formentera con la familia de Lena era como soñar despierto.  Nunca imaginé de esos colores el fondo del mar. ¡Qué aguas!

Agosto es un mes cargado de cumpleaños, recuerdos que no puedo olvidar, y fiestas. No sabría explicarlo, pero basta con decir que Alustante es un sentimiento. Este año no he podido subir todo lo que quería por mi pueblo. No pude coincidir con Tomás antes de su marcha a Odense como tampoco pude estar con otros veteranos que cada año no se olvidan de fichar. Es por eso que quizá cogí con ganas las fiestas. Porque con Ruedecillas es fácil dejarse liar y al final nos gusta estar en misa y repicando… Así que vivíamos la noche y no nos acordábamos de descansar de día. Y así acabamos, marchándonos a dormir un sábado cualquiera a las 8 de la tarde a ver si recuperábamos las horas de sueño que durante 2 días en vela (salvo una siesta de un par de horejas) llevábamos cargando a cuestas.

Agosto me ha servido para disfrutar de los míos. Para pasar algo más de tiempo con mi abuelo, cada día más mayor. Para recordar a los que ya se han ido. Duele ver que el  silencio no entiende de edades. Con septiembre toca empezar otra vez de cero. Alejandro ha empezado hoy una nueva etapa en la guardería. Con septiembre todo ha vuelto a la normalidad. Alicante se ha llevado mis tesoros (no todos, alguno anda suelto por el norte). Segorbe empieza sus fiestas y en breve sus encierros. Cuando llega la noche me encierro en mi habitación, enciendo el ordenador, tomo asiento y busco y encuentro y escucho en silencio con la frente marchita.

Posted by magras at 22:28:09 | Permalink | Comments (1) »