Silencio
Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.
No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.
Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.
Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.
Pablo Neruda
Siempre me gustó jugar con las palabras. A veces escribía en un cuaderno que hiciera las veces de bitácora. Dictaba ripios malsonantes que luego leía en silencio. Les daba un minuto de gloria para nunca más volver a leerlos. Los guardaba, no recuerdo muy bien donde, y los dotaba con el don de lo eterno, ahí escondidos, sin hacer ruido, esperando su momento en que vieran la luz de nuevo para leerlos en silencio.
Nunca supe escribir. Tal vez por ello nunca me propuse tomármelo en serio. Con el avance de las tecnologías hice gala de lo mío y convertí la pluma en un teclado, la hoja en un folio plasmado en una pantalla, las mismas palabras.
Me gusta jugar con las palabras. Combinarlas con mayor o menor acierto. Como si de montar un rompecabezas se tratara. Me gusta el reto de buscar la palabra precisa para describir lo que pienso. Aprender nuevas formas de decir te quiero.
Hace un par de días que suspiro silencios. Bastó un segundo para acallar mi vanidad y con ella mis pensamientos, que no dejaban de viajar en el tiempo. Y mi corazón, que se paró por un momento, resquebrajado por alguna parte, tratando de recuperarse.
Hace un par de días que busco en vano palabras con que animar a alguien. Pero es inútil, no sé, no lo entiendo. Llevo tanto tiempo jugando a ser ése aprendiz de brujo que esperaba decir algo bonito llegado el momento. Palabras de ánimo, de apoyo, que trataran de explicar mis sentimientos. Pero de nada sirve si llegado el momento sólo me salen suspiros y una mirada vacía y piadosa que trata de hablar por mi, de decir que lo siento. Y un abrazo en que nos fundimos para detener el tiempo, como sellando la amistad y hacer del pacto un eterno.
Habló Neruda y reinó el silencio, sólo roto por el llanto y el duelo.

