La herida que cicatrizó
Hay palabras capaces de hurgar en los sentimientos. Palabras que hieren hasta de muerte, lanzadas con absoluta precisión.
Algunas son públicas. Son cobardes pese a no ocultar el remite. Son palabras que tiran a dar sin acuse de recibo.
Hace ya mucho tiempo que dejé de escribir. Un buen día me senté muy sereno en mi escritorio. Envolví el fondo con una voz rota que sólo sabe entonar Sabina. Ambienté la paz del momento con una barita de incienso. Observé la habitación, austera, oscura, con mis recuerdos, y entonces, agaché la mirada hasta el infinito de un folio vacío, blanco, puro.
Empuñé mi roller y con él sus recuerdos. No tiene nada que lo haga diferente a cualquier bolígrafo pero le tengo un cariño especial. Empuñé mi roller… Y no pude escribir nada.
No sé, a veces creo que me quedé sin tinta. Otras, que quizá no valiera la pena conservar folios vacíos, acaso un escrito deja de serlo si no tiene quien lo lea.
Por eso, desde entonces, escribo palabras rotas en un blog. Hablo de lo que pienso, de lo que vivo. Empeño mis sentimientos y me sigue sorprendiendo que todavía haya gente que me lea.