Empezó el 2008 con los nervios distribuidos, casi por igual, entre un examen que hablaba del trabajo en equipo
(somos un equipo de puta madre, cariño) y de un pacto de no agresión por un año con Gaucher, que en fechas como ésta, por cierto, llega a su fin y es preciso negociar… Mis examenes eran secundarios. No me quedaban nervios para ellos y tal vez por eso fueron bien.
El esfuerzo que hizo Lena le valió una plaza en Alicante. Todavía recuerdo cuando me dijo que llevaba un mes pensando cómo explicarme que este año no había plazas en Valencia y lo más cerca quedaba a dos horas de sus labios, corta distancia para ese premio. De regreso a casa una noche de verano, su sonrisa desde el balcón de su nueva habitación de Alicante me bastó como compañía en el viaje de regreso a casa con su recuerdo donde, una lágrima traicionera, se escapó y cayó por algún lugar hermoso cerca de Benidorm. Tal vez aquella gota salada quiso probar los besos con sal de unas playas que hacen junto a las montañas paisajes preciosos cualquier día al atardecer. Tal vez lo consiguiera…
Sólo dos días después una llamada apagaba de alguna forma aquel vacío. Un grito, dos piedras de lapislázuli sobre un fondo blanco que no me veían pese a regalarme su mirada hacía que Lena volviera para, juntos, de la mano, corriésemos a ver a Alejandro. Hoy, siete meses después, Alejandro está más guapo cada día, y no puedo sino olvidarme de los problemas cuando me regala su pícara sonrisa.
Fue un año de encrucijadas que poco a poco se van resolviendo. Sueños que se ven cumplidos, como si de una visión se tratara, no sin esfuerzo que bien merece mi respeto. Fue un año decisivo para poner un punto y aparte a la vida, de la hartura del qué dirán, de tomar decisiones no exentas de dudas que sólo el futuro puede dictar sentencia. Tiempos de confesiones, de compartir unas palabras compartiendo una pizza cualquier jueves con mi vieja amiga.
Agosto se llevó a la luchadora pero ha quedado su recuerdo en un carrusel que todavía atrae la atención de Alejandro cuando suena esa dulce melodía, como la voz de aquella persona que no puedo evitar tomar como ejemplo cuando, en fechas como esta, asumo mi futuro si llega el momento de rendirse a una decisión que viene desde Zaragoza y se clava en mi pecho.
Fue un año de compartir viajes, ilusiones, tiempo… A las ya acostumbradas salidas a Alustante, Sote o Denia, hubo un viaje relámpago a mi paraíso con intención de olvidarse, por unas horas, de una fecha que dictara sentencia. Hubo un viaje cansado y hermoso en Cofrentes, Cartagena o Londres. Hubo sonrisas, cansancio, largos paseos, besos.
Que la muerte de una planta es algo perfectamente serio lo aprendí cuando descubrí que era algo más que un ciprés. Era un proyecto del que Javi hacía gala cuando tenía oportunidad, y nos contaba cuan alto era ya, los cambios de macetas que le exigía por su tamaño, los años que llevaban juntos… Sólo puedo que ofrecerle mis manos para dejarlo descansar con las mejores vistas que ofrece un valle que transmite calma, como si alguna vez lo hubiera soñado, un calor de hogar entre montañas que nunca he vivido.
A escasos días de fin de año hubo un último latido antes del silencio. La casa sin Mozart sigue quedando vacía, al menos en momentos como éste en que me refugio del frío en mi cuarto, escuchando Sabina, con un incienso que enciendo ahora que no está Mozart… Aunque no todos pueden entender el vacío que deja un perro, hubo muestras de cariño de los míos, no sé si les dí las gracias.