Vuelvo a escribir, curiosa paradoja, leyendo
Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).
Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
¿De dónde soy? Soy de mi infancia…
Con estas palabras empieza mi tercer libro de infancia. Aun no he empezado a leerlo, sin embargo, ya ocupa ése merecido puesto que pensé ningún libro ocuparía.
Recuerdo que, al llegar a casa, le recité aquellas palabras no exentas de errores que mi madre, con paciencia, me corregía al tiempo que me pedía que leyera sin prisa… Y yo, cabezota, me enfadaba conmigo mismo… Hace mucho tiempo que perdí la cuenta de los enfados que llevo sumados en todos estos años.
No fue hasta cruzar la línea que marca la infancia con la adolescencia que leí Juan Salvador Gaviota. Lo leí por vez primera con los oídos. Mi hermana me lo leía en voz alta y yo dibujaba en mi imaginación aquella gaviota lazándose en picado, cogiendo velocidad, superándose a sí misma… Y eso es lo que me enseñó aquel relato. Aunque Lena piense que Juan Salvador Gaviota encierra en sus palabras algo más que el simple afán de superación.
Sin ninguna duda el libro que marcó mi infancia (y todavía hoy leo con especial cariño) es Platero y yo. Lo leí en mi infancia, sin embargo, desnudé aquellas palabras por vez primera en un tren que cruzaba un trozo de España mientras bailaba en el trayecto que separa la paz del ruido incivilizado. La calma del estrés. La familia y el vacío de la soledad. Tal vez porque en sus palabras me identifico en esa complicidad que Juan Ramón Jiménez guarda con su burrito. Como yo con mi perrito anciano y joven. Vivo ya sólo en mi recuerdo.
