Me hablaba Patricia de lo dura que resulta la vida por culpa de la droga. De esas personas menos favorecidas… Está viviendo una experiencia dura como médico, no cabe duda. Afirmaba en sus palabras la suerte que tenemos (no sé si es suerte, tal vez sea miedo). Compartir con ella un poco de plática es algo más que un recorrido por tantos años convividos… Supone seguir la conversación en el punto en que la dejamos… Supone contarnos vida, compartir secretos… A veces, incluso, huir del país de nunca jamás… Y da que pensar… Y aunque me sienta incomprendido, saco de mi esa cabezonería de la que hago gala y me apena darme cuenta que no hay solución a determinados problemas porque los que podemos hacer algo por ello simplemente no queremos negamos que está en nuestras manos. Es más fácil dejar las cosas como están, seguir haciendo oídos sordos a un mundo de locos y pasar la vida aprovechándonos de lo que tenemos sin dar las gracias por ello.
Conversar un rato con Javi puede ser un regalo cualquiera que sea la conversación que tengamos. Hemos aprendido a comprendernos desde la incomprensión. Hemos aprendido a practicar un lenguaje que se dice todo sin palabras… Hemos aprendido a echar de menos a nuestros seres queridos sin dejar escapar una lágrima por su recuerdo. Tenemos en común un pasado arraigado a un lugar perdido entre montañas que lo protejan de la civilización. Una historia que no puedo recordar, y tantas conversaciones que han quedado grabadas en forma del sentimiento que sólo se puede tener por aquellos que quieres.
Descubrir a un amigo que se oculta tras la sombra de una figura en la noche puede hacer que te vengan estos pensamientos, demasiado cursis para los ojos del siglo que nos ocupa. Pero si ese amigo me puede dar la absolución por ello, ¿qué más da lo que opine el resto?. Qué importante puede ser una sonrisa en el momento preciso. Cuanta fuerza puede transmitir un abrazo por mucho que manche, porque empapa el alma, que es lo que cuenta que a la postre quede limpio. No cabe duda, pese a que la fe decaiga, que el belén nos involucra a meternos en la navidad, a recordar tantos años de parroquia… De lo que quisimos ser y no hemos conseguido.
Y un día cualquiera te despiertas con la ilusión de saber que valió la pena la espera… Esta semana los besos llegaron con retraso. Las palabras se atropellaban tratando de ganarle al tiempo el día que Michelle nos ha robado. Y no puedo sino sonreír al escuchar a Lena contándome que el parto fue sin episiotomía, escuchando el primer villancico, aunque algo desafinado, de una flauta y unas manos que huyen de la marabunta que pasea por el Carmen.
Y en medio de todas estas historias, la rutina. Sólo rota por la sonrisa que me regala Alejandro. Por el buen ambiente que se ha creado entre los miembros de los grupos de trabajo. Las diversas formas en que se puede entonar la palabra “trabajo”, según si quien la pronuncia viene de Gandía, de Valencia, o si simplemente añora el verano en la playa a orillas del río de la plata…
He pasado tanto tiempo buscando lo efímero de la amistad que había olvidado a los buenos amigos. Pendientes quedan para estas navidades cenas que nos unan. Esos foros bañados con mistela, una partida de póker sin jugarnos nada a cambio, una familia que crezca y traiga un nuevo motivo de alegría.