Recuperando el ánimo
Hace 27 años, me contaba mi madre, unos lloros se convertían en sonrisa y alegría en casa… Han pasado tantas cosas desde entonces…
De mi primer recuerdo apenas había cumplido un año. Fueron los orígenes que a la postre se convirtieran en una enfermedad. Mi problema. Ése pretexto para llevarme en pañales y limitar mi infancia…
Pasé seis maravillosos cumpleaños en el que entonces fuera mi Segorbe, del que nunca quise marchar… El que jamás podré olvidar… Y con él se fueron mis recuerdos, mis primeros amigos, y mi iaio.
Para mi séptimo cumpleaños había un hueco en aquel sofá que nunca se pudo tapar. Recuerdo que miraba al lugar que un año antes ocupaba, el que le correspodería si no hubiera marchado apenas 12 días antes.
Aquellos años en el Puerto de Sagunto fueron especiales. Tan cerca de la familia, tan lejos de los mismos.
La primera impresión que me llevé de Valencia es que todo era demasiado grande. Al poner los pies en el suelo pensé en volver al Puerto, no quería vivir en una ciudad en que los pisos fueran tan altos, la gente tuviera tanta prisa y la vida pasara tan deprisa. Qué equivocado estaba, después de haber visto la vida en otros lugares no cambio la vida de Valencia por nada, con el permiso de mi Segorbe y Alustante.
A los catorce, un 5 de octubre me arrebató a mi tío Ángel, apenas medio año antes que se marchara mi abuela, y la alegría y la vida que desprendía marcharon con él en el día de mi cumpleaños…
Pero la vida concede alegrías y los años pasan y con ellos las heridas, que no se terminan de curar, pero cicatrizan. Y así pasé varios cumpleaños en familia, algo más reducida, y con la gente que me quería, que esa no sé yo a santo de qué, iba en aumento.
Me gustaba que por el otoño viniese mi iaia a casa, pasase unos días con nosotros y pudiese darle todos los besos que en el día a día no pude darle. Me gustaba pasar las noches en familia, cogerla de la mano, pedirle que me contara por enésima vez la historia de su vida, pasar tiempo juntos sin mirar el reloj y no preocuparse por el mañana.
Hace ya cinco años el destino quiso que a mi regreso a casa después de un día de cumpleaños divido entre familiares, amigos y obligaciones por aquel entonces en la parroquia, mi iaia no estuviera en casa. Unos dolores muy fuertes a la altura del abdomen… Una pancreatitis… Y con ella el principio del fin. Los médicos no apostaban por ella. Mi familia me aconsejaba que me preparaba para la despedida y yo, con 22 añazos cumplidos, me sentía pequeño e indefenso ante ése momento. Tras mucho rezar y pasar las horas contándole mi vida a cambio de que ella no renunciara a la suya, mi iaia fue recuperando el sentido y fue poco a poco hablando. Los médicos, que no se creían tal mejora, seguían hablando de la despedida y yo seguía confiando en ella. Siete meses después, tras haberse recuperado, aquella pancreatitis nos separaba caprichosamente un día antes de volver a verla.
Desde entonces mis cumpleaños no han cobrado más sentido que el de su recuerdo, aquella foto que le tomé sonriendo era la crónica de un despido anunciado. Desde entonces, Lena, mi familia, mis amigos, se han esforzado por hacerme ver que ése día no es triste, sino alegre… Y lo han hecho con el cariño que alguien como yo no merece.
