Ultreia
Han pasado algo más de cinco años desde que recorrí entre la soledad y el silencio que las tareas de monitor me permitieron el antiguo camino de la vía láctea, el de la perdonanza. El camino de Santiago.
Qué más dará si es Santiago o Priscilo quien allí reposa sus huesos. El contenido del camino no es sólo Santiago. Es lo que durante esos días se vive. Porque como alguien me dijo una vez, el dolor es pasajero, pero la gloria es eterna…
Fue una experiencia increíble. Las etapas más duras eran a la vez las etapas más felices a recordar. La experiencia del sacrificio de los que andaban bien y eran capaces de romper su ritmo por no abandonar a los que renqueaban. Las amistades que de allí salieron, las que no terminaron en Santiago. El tiempo de reflexión y las horas muertas en las que escribía en mi guía palabras con que recordar aquellas andaduras.
León… Inicio con nervios de un camino que se me antojaba difícil por tantos días sin ver a los míos. Echando de menos los besos de Lena.
Villadangos del Páramo… Aquel día mi hermana me llamaba a escasos dos kilómetros del descanso para decirme que ya era oficial. Había aprobado su oposición, sería profesora de piano y empezaba de ese modo la cuenta atrás para buscar refugio donde vivir e iglesia para casarse. Mi iaia lloraba de alegría y yo no pude evitar dejar caer una lágrima al pensar que el esfuerzo que durante tantos años hicieron mis padres y mi hermana cobraba sentido. Que había valido la pena. De aquel día también recuerdo una llamada de ánimos de Pepe. Qué sonrisa arrancó de estos gruesos labios…
Astorga… Una carrera de unos cuantos kilómetros en busca de 13 balas perdidas que marcó mi camino. Arrastré una tendinitis que lejos de llevarme a venirme abajo me permitió compartir con los que peor marchaban los días que mejor iba, y conocer a gente de otros lugares cuando me quedaba el último las primeras etapas.
Ravanal del camino… qué encanto es capaz de encerrar un pueblo tan pequeño que, de no ser por los peregrinos, tal vez hubiera caído en el olvido. Sus piedras podrían contar tantas vidas diferentes…
Ponferrada… Había leído por el bueno de Germán cosas de los templarios, acerca de Ponferrada, pero verlo fue más increíble que vleerlo, me dejó sin palabras su fortaleza.
Villafranca del Bierzo… Entré sin saberlo en la iglesia que me concediera la perdonanza si mis cansados huesos no llegaran a Santiago. Aquel día llamé a Lena para que me acompañara en los últimos kilómetros… No podía más. Andaba solo, bastante recuperado, y a un mundo de los que venían por detrás no podía seguir el ritmo de los que marcharon por delante. Lena y yo nos conocimos caminando por los pirineos y recuerdo que en su compañía cantaba a Sabina, a Silvio, a Pablo Milanés… Le cantaba desafinadamente y sin embargo ella me decía que siguiera… Aquel día en Villafranca del Bierzo intenté cantar y no pudo salir nada de mis labios más que un suspiro en señal de resignación, de necesidad de tenerla a mi lado.
O Cebreiro… La etapa más bonita que recuerdo. Lena me aconsejó que la hiciera. Alfredo decía que el que no ha subido a Cebreiro no puede decir que ha hecho el camino. Recuerdo que me tomé el voltaren con consejo médico antes de subir y disfruté muchísimo del contraste que se observa al abandonar la castilla que me recuerda a mi desgastado pueblo y la bienvenida que le ofrece al viajero la Galicia verde, húmeda y romántica de las meigas. Sus pallozas, su iglesia con otro de los muchos santos cálices… Impresionante.
Triacastela… Una etapa de un caminante desconocido que me ayudó con el tirón que sentí en el abductor y un nombre propio: Auxi estaba esperándome en la subida al alto do pollo y fue en su compañía con quien terminé la etapa. Aquella conversación de la vida y el silencio, de su vida y la mía marcó una amistad que siguió más allá de las fronteras gallegas. Recuerdo una oración que compartimos en la tranquilidad que da el reposo.
Sarria me recuerda a Javi. Allí disfrutamos como enanos de los futbolines, del sonido relajante que el paso del agua por su río puede producir. De unos patos indiferentes a nuestras miradas… Día de relajación sin ninguna duda.
Portomarín fue una lección de convicción, de superación. Aquel día me quedé con 3 chavales que se quedaron descolgados. Uno andaba muy tocado de la rodilla y los otros dos se negaron a abandonarlo. Recuerdo que llegamos agotados y hasta un poco quemados por el sol, pero valió la pena compartir aquellos pasos casi interminables. Con su iglesia trasladada piedra a piedra a la otra parte del río… Qué freco corría en su interior…
De palas de Rei me marcó su iglesia, su cementerio tan tétrico que habría podido inspirar al mismísimo Becquer algunos versos…
Arzúa, la etapa reina por exelencia en mi camino. Los 3 almuerzos en la compañía de los Nachos y de Auxi, aquejada de un mal de rodilla. Las bajadas de espaldas, las risas y el retraso… Recuerdo que comimos cuando el resto merendaba. Recuerdo una ducha con agua caliente y unas flores por no se qué agradecimientos… Recuerdo que allí empezó la despedida.
Monte do Gozo y allí se avista Santiago. A escasos kilómetros, aquella noche fue de Nacho. Aquella noche fue un regalo.
Y por fín Santiago!! Aquel día fue especial… Como espero sea especial para Patricia. Fuente de inspiración de tantos recuerdos en este día.
¡Disfruta del viaje! Y sigue adelante…
Ultreia, suseia, Santiago. Adelante, más arriba está Santiago.
