Thursday, July 10, 2008

Cuando llegue el otoño…

Primer día de vacaciones todavía con el regusto amargo que deja un abandono anunciado, pero no de ese modo… No por falta de una fórmula…

Y hoy, como acostumbro a hacer todos los años, a las 7:50 arriba, para estar bien despierto y ver, desde la seguridad que da la barrera del televisor, un encierro que espero poder ver algun año en directo. Hoy no me he vuelto remolón y he aprovechado el primer día de vacaciones para poner en orden mi vida… Hacía tanto tiempo que no visitaba a mi abuelo sin prisa que hoy he creído que sería un buen día para ello.

Como de costumbre, su casa estaba vacía, no se le vaya a caer la casa encima… Así que he tomado aire para adentrarme en el tumulto de gente y calor que cada jueves y cada sábado se forma en las calles del Puerto de Sagunto, tan arraigado a ser pueblo que sigue sin creerse que ha crecido hasta convertirse en una ciudad.

Como la loba de aquella fábula ripiosa que una vez me enseñó mi abuela, la magras, yo hoy he dado también varias vueltas, que no al redil, pero casi, y entre gritos que anunciaban zapatos, ropa, bolsos, verduras y frutas. Al contacto, no con la gente, sino con sus carros, tan cargados y tan estresados como sus dueños. A un sofocante pasillo que se abría a tramos desiguales y se cerraba a mi paso… Apunto estaba de bajar los brazos, volver a su casa a esperarlo en el portal, o a marchar sin él si tardaba demasiado, cuando he dado con un grupo de ancianos sentados a la sombra y viendo pasar la vida despacio entre risas y gritos. No es que sean duros de entendederas (que también), sino que muchos se aquejan, a sus ochenta y tantos, de una aguda sordera únicamente…

La vuelta a su casa ha sido tranquila. Haciendo la compra. Hablando con unos y con otros… Quitándome la razón de que el Puerto ya no es un pueblo, donde todos se conocen. Y a cada paso hay una conversación nueva donde estás invitado a entrar y a salir sin saludar ni despedirte. Y es que ése encanto se pierde en las grandes ciudades… Un breve almuerzo y una conversación a golpe de voz. Fatuas conversaciones algunas veces, cortadas de golpe con otra conversación iniciada porque no me oye… Me gusta pasar el tiempo así… Tal vez algún día recuerde alguna conversación que cayó en el olvido cuando tenga nietos y pasen una miaja de su tiempo en mi compañía…

Y con lo puesto al cementerio, a ver a los que allí tenemos. Hacía tanto tiempo que no pasaba por allí que todavía me cuesta encajar que mi iaia me sonría inmóvil a través de un cristal… Sale bien guapa en su foto, con mi iaio a su lado… Me gusta pasar un rato allí en silencio…
Y de nuevo, como ocurre siempre que voy con mi abuelo al cementerio, discusión cuando, al llegar a los nichos de su mujer y su hijo, de mi abuela y mi tío, mi abuelo busca una escalera, gastada, harta de tanto duelo y llanto, y se sube a su lomo para alcanzar el cielo. Para dar un beso al cristal que muestra a mi tío sonriendo, como si todavía quisiera contarme un chiste. Como si todavía fuera a darme la revancha por cierta partida de ajedrez que a punto estuve de ganarle cuando contaba apenas 10 añitos…

Y al final de la mañana vuelta a casa con mi madre guardando silencio. No me gusta verla triste, pero sólo puedo que preguntarle por la luchadora, y ella aguanta el tipo sin llorar y me cuenta que sabe que se va. Que le queda poco tiempo. Que ya está la suerte echada…

Y la luchadora habla de no sé qué despedida. Y dice que alguien a quien le encargó un regalo para Alejandro se lo ha llevado, que es para él, pero que guarda un poco para todos… Quiere que cada vez que veamos ése carrusel de madera que gira y gira levantando y bajando sus tordillos que parece que bailen al compás de la música que ahuyenta el silencio nos acordemos de ella. Como si se pudiera olvidar a alguien…

Dice que se va, que ya no hay nada que hacer… Pero sigue albergando una esperanza que le llegue en forma de milagro. Y el tiempo pasa lento, pero siente que se acaba. Y dice, casi para convencerse, que está preparando el camino para el silencio. Que se irá cuando llegue el otoño… Cuando caigan las hojas, dice, se irá con ellas…

Y mientras conduzco y escucho, pienso y maldigo las enfermedades. Las injusticias. El duelo y la despedida de la gente joven… Y mientras conduzco y escucho, pido a Dios milagros. Y pido también por una amiga que hoy, aunque me lo niegue, no para de darle vueltas a su cabeza, pensando en lo que tal vez no sea.

Posted by magras at 15:19:15 | Permalink | Comments (9)