Le debo una disculpa a Alejandro. Tal vez debiera escribir un post sólo para él. Tal vez, incluso, debiera dedicarle a él exclusivamente líneas que hablaran de lo que sentí al verlo, pero a falta de destreza con las letras, he preferido hablar, además de lo que él me inspiró al verlo ya aquí, de otros sentimientos no menos importantes.
Semana rara la que llevo desde que el domingo despidiera a Lena agitando los brazos y subiendo al coche que me llevara a la soledad de mi Valencia con su recuerdo a cuestas…
El martes por la mañana, a una semana de empezar exámenes, una llamada me cambió la cara, y es que mi hermana, la persona que siempre ha viajado conmigo en cada uno de los destinos que me ha llevado a dejar un trozo de mi en Segorbe, Sagunto o Valencia, lo mismo que algo de ellos ha quedado en mi, me anunciaba que Alejandro estaba a punto de llegar. Que ya estaba aquí.
No sé qué cara puse, pero fue motivo de una burla cariñosa y risueña de una rubia y un moreno que, como el resto, están ahí sin ser llamados, ofreciéndose para ayudarme a llevar mejor la marcha de mi pasado, mi presente y mi futuro a tierras alicantinas. El resto, sonrisas, lágrimas que trataban de escaparse y nervios, muchos nervios. Teléfono en mano, cabeza donde habita el olvido y muestras de cariño de los que estaban a mi lado. Todo pasó muy rápido, más de lo que hubiera querido, al menos, por Lena. Quería estar a mi lado y mi torpeza y la prisa de Alejandro por asomar su cabeza a este mundo de locos no le permitieron estar a mi lado contando los centímetros que ya había dilatado, la cuenta atrás hasta diez empezando por el primero. Y al final, una llamada que anunciaba su llegada, un grito que anunciaba una vida, un estallido de locura y alegría que no podía ocultar…
Unos minutos después de abrazarme con Lena, transmitiéndonos nervios, alegrías, lo que nos hemos echado de menos en poco más de un día, vimos al culpable de nuestro inesperado y feliz encuentro. Por unos segundos no hubo nada más, no hubo nadie más. Sólo su figura frágil, dos ventanitas azules que buscaban en la penumbra Dios sabe qué, y al acercarme para regalarle una sonrisa, él me devolvió su bienvenida con un grito que no llegaba a romper en llanto, por más esfuerzo que hacía por cerrar los ojos y llorar.
Por unos minutos me olvidé de los padres, sólo estaba Alejandro. Sólo era él. He pedido tantas veces porque todo le fuera bien… Es tan pequeño, tan especial… ¡Y es mi ahijado, carajo! Cuando supe que él no tendría que coquetear con la dama gaucheriana sólo pude que alegrarme. Y cuando mi hermana, en un acto de generosidad y cariño, me anunció que si algún día necesitaba de médicos para lidiar con ella mi sobrino podría ayudarme con un poco de la sangre que le sacaron de su cordón sólo pude que sonreír, alejarme y llorar de alegría.
Hoy sigo en una nube… Ya la vuelvo a echar de menos, ya he vuelto a estudiar el del martes, ya acaricio a Mozart pensando que el tiempo se nos acaba. Ya vuelvo a estar con los míos cuando sufren.
Y de sufrir va también esta historia. En una habitación de hospital descansa Alejandro, dormido, tranquilo al lado de sus padres. Recibiendo visitas de gente que no conoce…
Pero hay un lugar, lejos de la 211, donde una persona muy especial sufre y calla su dolor. No es orgullo, es su estilo, a secas. Ha pasado ya lo peor y hay motivos para sonreir. Pero él, fiel a su estilo, sufre y aguanta el peso que toca y el que no con tal de aligerar el peso de los que quiere. Es un tipo duro y es mi amigo. Un trozo de mi hoy tiene otro motivo para ser feliz, el éxito de la operación de una persona que se ha ganó mi cariño hace tantos años es motivo para estar feliz.
PD: Estoy convencido que ayer unas cuantas estrellas brillaron con más intensidad que nunca, aunque ya no pueda escuchar su sonrisa, aunque ya no le oiga decir “pirulin”, aunque ya no pueda reírme con sus bromas… Ayer celebraron el nacimiento de un bisnieto, de un sobrino, allá donde se va tras el silencio.