Cualquier día l´almoina… Pasado vivo
Me gusta descubrir sus calles cuando paseo por su casco antiguo. Siempre las mismas calles. Siempre distintas. Siempre llenas de vida, de gente que reivindica sus costumbres a modo de danzas, de charlas, de música, de paseos en bici, patines… Punto de encuentro como antaño cumplían su papel los foros…
Me gusta ver Valencia desde el corazón de la ciudad, allá por su casco antiguo, y de vuelta al presente, recorrer sus calles cual arterias y descubrir vida en su río, ahora sin agua, tan lleno de verdes, de gentes… En el río que hay castillos por fallas, ferias en abril, mayo y junio que hablan del vino, de Sevilla, de las naciones, de lo alternativo… Puntos de encuentro con viejos amigos y conocidos que animan la ciudad…
Es un placer pasear por los viveros, escuchar el cantar de los pajaros que parece que allí se sientan más seguros, y si se presta, comprar un libro en la feria que lleva su nombre.
Pero Valencia, mi Valencia, como en otro tiempo fue mi Segorbe, no siempre fue una ciudad… Prueba de ello es la almoina…
Un corazón dentro del corazón de la ciudad que ahora bombea con más fuerza desde que se expone (gratuito, por cierto) el corazón de la Valentia de época republicana… La que arrasaron las tropas de Pompeyo… La que fue testigo de la primera guerra civil romana entre Mario y Sila.
Contraste con la Valentia de época imperial, rescatada casi un siglo después del olvido en que cayó tras el incendio al que fue sometida.
La Valentia visigoda, y con ella el cristianismo. Sus paredes todavía se escandalizan al recordar el martirio de San Vicente Mártir, patrón de la ciudad…
La Valencia que cambió su nombre por Balansiya en época árabe… ¿Qué restos quedarán de la mezquita bajo la catedral?
Y a cada Valentia, a cada Balansiya, unos ojos verdes que me sonreían provocaban un latido aún más fuerte… ¡Cuanto voy a echar de menos tan buenos ratos en su ausencia!