La pasada semana fue un tanto extraña, tan llena de puentes, con tan sólo dos días de trabajo y un nuevo viaje con retorno al paraíso.
Esta vez fuimos con amigos. Algunos ya habituales en mi tierra, otros no tanto, pero mi viejo pueblo siempre el mismo… El viaje vino marcado por la incertidumbre del tiempo, que una vez más se marcó un detalle permitiendo que el sol saliera, como hace cada día, y se dejara ver por las tierras de Castilla. Disfrutamos de días soleados, del calor y de los misterios que contiene la vieja alcazaba de Molina de Aragón. Disfrutamos del frío de las noches, de los ciervos, de los vinos y las cervezas.
Es bonito ver cómo pasa el tiempo, y la llegada del otoño tiñe de amarillo el verde de las montañas. Y el contraste de mi tierra, tan amarillo en el suelo, tan verde en la montaña, tan azul en el cielo, se torna de oro, oro y plata en el cielo. En breve un manto de nieve cubrirá sus suelos, y el paisaje, en otro tiempo habitado por el ruido y las gentes, se volverá desolado y blanco. Qué a gusto paseo por el pueblo respirando su olor a chimenea, tan característico de los pueblos.
Si algo tiene Alustante es que nunca deja de sorprenderte. Es por ello que, al caer la noche, no hay excusas que impidan observar las estrellas aunque sea unos minutos… Si puede ser junto a la torre de la Iglesia, disfrutando de tan imponentes piedras sobre un fondo infinito que hace las veces de manto de estrellas… Me sigue maravillando aquel lugar… Y cada vez que lo hago rondan mi cabeza pensamientos, recuerdos, fantasías tal vez olvidadas… Parece que la vieja torre en noche cerrada pudiera detener el tiempo, parar el mundo, guardar silencio. Sólo una estrella fugaz es capaz de romper el encanto, es entonces cuando Lena grita alegremente que la ha visto, evocando recuerdos de una noche en una playa cuando aun no éramos más que dos, disfrutando de las “lágrimas de San Lorenzo”. Es entonces cuando siento que tengo todo lo necesario para ser feliz, y en un descuido, dejo escapar una sonrisa al tiempo que le doy un beso.
Ir con amigos a la tierra de mis antepasados me priva de la mala vida, me hace ver la otra cara del pueblo. Pues cada vez que voy con alguien nuevo la agenda se aprieta. Hay tanto que ver, tanto que caminar que no da tiempo a todo. Paseos por el bosque, buscar rebollones (si se presta la ocasión), ver ruinas que hablan de la grandeza que en otro tiempo tuvieron… Demasiadas cosas para tan pocos días.
Me gusta despertar en Alustante. Para alguien que ha tenido la suerte o la desgracia de no vivir siempre en un mismo lugar, en una misma casa, es, si cabe, aun más especial hacer presente el mismo ritual cada mañana que desde pequeño ha tomado por costumbre. Podría pasar horas mirando al infinito, a las montañas allá a lo lejos, a la ermita de San Sebastian, al bosque de robles, al amarillento color de las eras, al viejo molino, ahora en restauración… Podría pasar horas dándole la espalda al campanario de Alustante, mi lugar favorito… Recordando mi niñez, soñando despierto, observando los pájaros, disfrutando el momento. ¡Ah Alustante! ¡Cuanto tiempo resta aun para volver a verlo!