Me vas a permitir, querido lector, reiterarme en este tema, y haciendo honor a la caricatura de la que hago gala, te hable de Alustante, ese lugar de la mancha a orillas de Teruel que adopto por pueblo y tantas veces hago presente en la buena compañía de los que más quiero…
A falta de sólo 12 kilómetros para acabar la autovía, me sorprendió comprobar que en poco menos de 2 horas ya se puede llegar, y es que la autovía mudejar ya casi está terminada, y aunque de nueva tecnología, me encantó ver que en el camino a la tierra de Quijotes y Sanchos han actualizado los molinos. Pero de eso en Alustante ya saben mucho, y es que el viejo molino está, ya sin el techo, a la espera de que las aspas y un nuevo techo den excusas a la imaginación de los más pequeños, la de los más mayores, y la de los más románticos tratando de imaginarse a Quijote, el de la mancha, retando al gigante de Alustante.
Un año más por Semana Santa el pueblo vuelve a cobrar vida, y las callejas, en otro tiempo vacías, vuelven a llenarse de vida con los gritos de los chiquillos que exploran cada rincón del viejo Alustante, y coger sitio en el bar es algo al alcance de los más madrugadores, y cerrar Hontanar es un reto demasiado fácil, y pisar la nieve es una costumbre en estas fechas…
Un año más, los que más nos gusta el pueblo, nos juntamos en los bares, refugiándonos del frío con un vaso de pacharán, cerca de la estufa de leña, rememorando viejas y no tan viejas historias, echando de menos a los fijos que este año no han podido venir (Tomás, Juanjo, el Botas, Josevi, Bea, Noelia…), dejando pasar el tiempo sin prisa, y entre guiñotes, risas, parchises y anises dejamos que llegue la media noche, a que el Pichican abra hontanar, y nos sentamos para continuar con tan buena plática hasta que el futbolín queda libre, y los pacharanes se vuelven whiskies, y a cada paso que das hablas con uno, cada vez distinto, porque la semana santa es lo que tiene, los que allí quedamos no entendemos de edades, ni de peñas, y cualquiera es bueno para hablar con el una miaja… Y así pasa el tiempo, canta el gallo, y Hontanar sigue abierto. El Pichi, hasta las tetas de nosotros, consigue echarnos por fin y de camino a casa se me antoja obligado pasar a echar un trago por alguna de las fuentes…
Como dije al principio, es habitual por estas fechas que el color de mi pueblo tan rural, tan de castilla, en medio de una sierra verde, no sea verde, ni amarillo, ni que el cielo sea azul. Cambia los colores igual que muda un árbol por el blanco de la nieve que recubre sus gastados tejados, las montañas que lo protegen, sus tierras y sus calles, y el cielo se torna gris. Blanco y gris de las nubes y el humo de las chimeneas que tan buen aroma dejan para el paseo…


Aquí dejo una imagen de mi pueblo nevado, que para alguien tan poco acostumbrado a este clima, no puede sino dibujar una sonrisa cada vez que la mira.