Algunas veces la vida te tiende la mano y, cuando te dispones a tomársela, te la quita, al borde del precipio, y te deja al límite del delirio.
Otras veces, cabrona, sólo te da la espalda y es decisión tuya llorar o plantarle cara. Y yo, que siempre fui un poco canalla, opté por tocarle el culo.
Pero hay veces que los trenes pasan, y dicen que sólo lo hacen una vez en la vida, y te avisan. Esta fue mi historia con Barcelona.
El día que firmé mi despedida en la puerta de aquel edificio, que a la postre fue una ruina, le dije a Tania que no perdiera de vista aquella tarjeta. Con un abrazo y un guiño le dí la vuelta a mi pasado y, sin darme cuenta, cerré con llave aquella historia que me trajo de cabeza. Tras unas fiestas en Alustante como hacía tiempo que no tenía decidí que otro gallo cantaría. Enfermó mi abuelo y la vida me concedió mucho tiempo de despedida. Por aquellos días la esperanza ya flaqueaba. Pero uno que es tozudo insitía y, si había corrida, avisaba a su abuelo para que le diera el beneplácito y su voto para salir por la puerta grande. Lo que son las cosas que fuí recibiendo cornadas que, en cierto modo, dinamitaban mis esperanzas. Cuatro meses sin trabajo dan para pensar, para escribir y para sonreir a un sobrino y a un abuelo.
Hace un año y unos días la sonrisa se apagó sin remedio. Sin nadie a quien arrojar la montera cada vez que me afeitaba, me vestía y sonreía a una nueva oportunidad. Iba a las entrevistas con la esperanza cada vez más minada. Sólo unos minutos antes de entrar sonreía recordando a mi abuelo y me sentaba a recibir las cornadas.
Lo que rechacé hace mucho tiempo porque no quería ponerme a hablar de Madrid se me antojó una esperanza. Y allí que me fui para volverme convencido que mi vida se alejaba de esta tierra, aunque aún no era el momento…
No sé por qué que recibí una llamada de esperanza. En Valencia, siete meses, sin opciones a renovar, ¡pero un trabajo, carajo! De allí he sacado respeto al funcionariado que no hace honor a la vox populi que habla improperios de su trabajo. Saqué además un par de amigos que tengo presentes cada mañana, aunque no responda tanto como quiero y tenga una carta a medio hacer en el tintero. De allí saqué conclusiones que, de no haber llegado al final, quizá no hubiera obtenido. En medio de aquella calma laboral recibí una llamada para una entrevista de una empresa de esas a las que entregas el currículum sin esperanzas.
Ni yo soy David ni Golliat es tan tonto de subestimar por segunda vez la honda y la piedra. Hp llamó a mis puertas y yo fui sin esperanzas a un examen que resulté ser apto y dio paso a una segunda entrevista. Poco tiempo después me indicaron por correo que la suerte estaba echada. Que en septiembre se vería si, tras una tercera prueba, me cogían. Por aquellos días yo aspiraba a Madrid antes que a Barcelona porque ya estaba enganchado a una red de escritores con oficio a los que admiro. Muchos viven allí y me imaginaba haciéndome un huequito en el rincón que queda al fondo, escuchando y aprendiendo, puntualizando en voz muy baja por miedo a ser descubierto. El caso es que ni en esas coincido que mi desgracia no quiso que fuera Madrid sino Barcelona. Y mi suerte no quiso que fuera Barcelona sino esta tierra que, como dijo el poeta, yo amo y admiro, aunque en estos tiempos y con la que está cayendo, me duela Valencia.
Se acercaba el final del contrato y no tenía más esperanzas de continuidad que unas clases que no imparto. Una ilusión por cumplir con un par de amigos y pequeños arreglos en que ni sus propietarios han creído. Un día descolgué el teléfono y sonreí al pensar que, esta vez, quizá, la vida me hiciera un guiño sin tener que pasar ocho meses de castigo.
Allí que fuímos. Éramos dos mendigos preguntándonos si tendríamos oficio. Como buenos colegas desconocidos, nos repartimos la suerte y nos despedimos intercambiándonos los teléfonos un apretón de manos.
A los pocos días la historia se repetía. Barcelona me llamaba por segunda vez y yo seguía sin saber nada. No quise jugar mis cartas por miedo a que mi suerte rompiera la baraja. Era una oferta que, si no tenía nada, no podía rechazarla…
El caso es que cambió mi suerte. Porque algunas veces la vida te lanza un guiño en forma de trabajo. Y el proyecto es interesante y la gente con la que lo compartes merece tu respeto y hasta tu aprecio. A veces, digo, recibes una llamada, con una oferta casi desorbitada, y les dices que ya no es el momento. Aún a riesgo de lo incierto. Esta es mi apuesta personal. Tal vez una locura de la que no me arrepiento… No puedo.
Esta boca también es tuya: