El último mes ha pasado volando, sin tiempo de ver a los míos he aprendido a valorar los fines de semana y que cada minuto cuenta, porque todo tiene valor. Sólo hay que esperar el momento de darse cuenta de ello para valorarlo. ¿Qué puedo decir de mi trabajo? Cada vez que me preguntan asoma a mis labios la misma frase: “he tenido mucha suerte, rodeado de tan buen ambiente, custodiado por un compañero que está disponible para solventar las dudas a cualquiera“.
Cerré octubre un año más viejo. Tachando con una cruz en el mapa el camino que conduce a Cofrentes. Echando alcohol a las heridas del corazón… Empecé noviembre con una mezcla de nervios y emoción, con buenas planificaciones. Con este panorama es fácil no acordarse de que hace un año por estas fechas salía de casa con el pesar de que cada minuto bien valía una despedida.
Los días pasan rápido cuando te diviertes con lo que haces, y en esas estamos, que cuando regreso a casa al salir de la oficina camino sin más compañía que la mía. Disfrutando de las vistas que Valencia ofrece a ciudadanos y turistas si saben donde tienen que buscarlas.
Noviembre es otoño, aunque no lo parezca. Y es frío, aunque no se deje ver por Valencia… Sólo un domingo cualquiera, de regreso de la estación del norte cargado de tristeza, el otoño se deja ver por una calle estrecha, solitaria y melancólica como yo, cuando descubre a mis pasos un manto de hojas doradas que descansan su silencio en tierra.
Alboraya ha dado a luz un hijo primerizo en diseño artístico digital, y en tan buena compañía, entendímos, en la medida en que pudimos, qué de madre y qué de hijo, qué de imaginación y qué de realidad.
Este año noviembre se ha puesto malito, y en una habitación de hospital se apagó la voz que hacía las delicias en casa de alguien muy especial con sus canciones. Y este que sabe del silencio que queda por los pasillos, manda besos de fines de semana a través de sus palabras.
Noviembre es, irremediablemente, el mes de los ancianos. Mientras espero buenas noticias de Patricia mis padres se acercan cada día al hospital a ver al padre de un amigo, me cuentan que poco a poco se apaga. Como la abuelita de Auxi, aunque siga presentando batalla, tal vez hasta hacer cuatro generaciones en torno a la misma mesa.
Si algo me han enseñado los años es que la palabra es algo perfectamente serio, gratuito a los tiempos que corre. No acostumbro a dar mi palabra, harto como acabé de escuchar promesas que cayeron en saco roto, quizá por eso nunca terminé de quitarme el cartel de cerrado por precaución.
Noviembre ha sido un mes de tristeza e ilusiones para los míos casi por igual. Una llamada que anunciara que muy pronto seremos uno más a la mesa de los repudiados sólo pudo que transmitirnos su alegría. Porque sé que serán unos padres maravillosos. Porque harán de ese bebé una personita feliz, con unos valores y un gran corazón.
Hay un par de corazones que viven a costa de hacerse el boca a boca. No es que eso sea motivo de alegría. Pero alegra saber que se tienen el uno al otro. Que se complementan y se admiran. Con él mantuve una conversación más propia de un cara a cara a través de la tecnología. Con ella… Con ella todavía le debo unas palabras de agradecimiento, pero enmudezco cada vez que la leo.
Ayer fue una noche especial. Este fin de semana ha sido sólo para los dos. La noche pasada fue de las que más me gusta. Empezó con un paseo por la Valencia que me recuerda a mi iaio, esta vez por la calle Serranos, y un hombre tan propio de esta tierra que no es de extrañar que vociferara en un perfecto incorrecto valenciano, tan de pueblo, a las puertas del casal fallero. Nos cerraron las puertas del teatro en los morros y colgaron en nuestras esperanzas el cartel de aforo completo. Sin más remedio que el de buscar otro entretenimiento nos perdimos por las calles que hablan del pasado y nos detuvimos a ver los gigantes y cabezudos en la casa de las rocas. No es de extrañar que a un melancólico como yo le vinieran al recuerdo aquellas procesiones de gigantes y cabezudos de mi Segorbe adoptivo. Me recordaba a hombros de mi padre (el más fuerte del mundo) llorando por miedo, no a los gigantes como pensaba Lena, sino a los cabezudos, no fueran a arrearme en el culo como los de Alustante.

Paseo por unas calles cargadas de vida a cualquier hora del día. Con juegos malabares. Con gentes variopintas, acaso todos seamos algo variopintos… Nos detuvimos en el colegio de las bellas artes a escuchar las últimas notas de una sinfonía, intercambiamos unas sonrisas con una nena que no le habría importado dejar el calor de los brazos de su madre por venirse a echar unas sonrisotas con nosotros. Unas tapas en uno de esos bares que parece no le hayan pasado los años y otra vez a la calle. De regreso a casa volvimos a disfrutar de la fachada del palacio del Marqués de Dos Aguas. Conversamos como cada vez que pasamos por allí de mi iaia y su pasado. Regresamos al barrio por la plaza del patriarca. La antigua universidad, con motivo de una feria del cava, abría sus puertas una noche cualquiera y entramos a disfrutar de la magia que envuelve aquel claustro. Cada vez que lo veo, imagino a un puñado de estudiantes rompiendo el silencio como imagino sucediera en otros tiempos.
Casi estábamos a punto de cruzar por la glorieta cuando Lena recordó que los sábados abre sus puertas la fundación Bancaja para mostrar al público las obras de un genial Sorolla. Esta vez, creo, lo disfruté mucho más que cuando lo vimos hace medio año. No es sólo que hayan traído obras nuevas. Es por la genialidad del pintor, por sus luces y sus sombras, por la expresión de aquellos niños jugando en la playa, tan jóvenes y a sus ciento un años tan viejos. Por el idilio en el mar, o acaso la pobre herencia. Es Sorolla inmortal.
Sellamos el final de la noche con un beso, tras una conversación de esas que entre semana hecho de menos porque no hay lugar a abrazos.
Esta mañana amaneció nublado, algo más frío, ¿será que por fin llegó el otoño a punto de empezar el invierno? Alejandro está en casa, esta noche duerme aquí, mientras con Germán, con Lena, con mi cuñado y mi hermana, con medio Alustante… escuchemos otra vez a Sabina en concierto.